Camino de siete años

que tejen paso
entre los puntos irregulares
de mi vieja manta
de parches de lana.
Parcelas más o menos cuadradas
donde reposan sueños
(más o menos frustrados)
atesorando resiliencia.
Resiliencia y paciencia,
que es la madre de la ciencia,
para no dejar que
la insoportable fricción
que es la vida
se lleve aquel destello
que nos hizo diferentes,
y por ende, necesarios.
En el televisor, un documental
sobre colonos de una tierra
que nadie sabe dónde está.
En la mesa, café, zumo de naranja
y sobre plato pequeño, la tosta de pan.
Inclino invisiblemente la solapa
del sombrero que no cubre mi cabeza
y saludo a los pequeños confortes.
Atrás dejé una tierra
demasiado vieja,
demasiado seca
para brindar una gota de amor
a sus retoños:
en sus grietas sólo hay hueco
para los chupasangres
de las patrias, que brindan
a nuestra enfermedad.
Susto o muerte.
Nadie sobra en este mundo,
y por consiguiente,
lo mismo en un país como éste,
pero la lluvia sigue cayendo
sobre la tierra resbaladiza
y es difícil mantenerse en pie.
En el televisor los colonos
dibujan líneas sin sentido
que serán las cancelas
para los que vendrán después.
Se alisa el pelo éste que escribe
y armándose de sonrisa,
respira y prosigue.
No hay camino que no sea
un viaje a través de la niebla,
que no sea un compromiso
entre aprendizaje y pérdida.
Viaje de roces,
y caídas,
algunas victorias,
e incontables heridas.
Heridas que primero abren
y sangran;
entonces coagulan y
más tarde (quizás)
¿sanan?
Las estaciones siguen
mordiendo la ausencia
de suelas de los que
cruzan la tierra
de norte a sur en la pantalla
del televisor,
mientras alguien
cubre su calva de buen señor
calzándose una gorra
encarnada.
Ese coágulo de la herida
que se llama memoria,
testimonio en el pellejo
de las cosas vividas,
pero que todos ignoran:
nuestros ojos siguen
prendidos de los
anzuelos de luz
de las pantallas.
Son casi siete años ya
de caminar por estas tierras
lejanas,
y demasiados jirones
pueblan los parches
de nuestras mantas.
En el televisor sigue nevando,
y a pesar del calor que
azota las Carolinas
este verano,
el frío se hace hueco,
muerde,
y,
de vez en cuando,
temblamos.


Jesús Redondo Menéndez. Asturias, España. Estudió Psicología y trabajó por veinte años en la empresa privada, hasta que decidió que su vida era otra y se vino  hace 6 años a los EEUU. Actualmente radica en Cayce, Carolina del Sur y enseña español en la escuela secundaria; lee mucho, escribe algo, y a veces, comparte.

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