Por Juan David Cruz Duarte
En el verano de 2011 estaba viviendo en Columbia, Carolina del Sur. Había cumplido un año como estudiante en el programa de maestría en Literatura Comparada de la University of South Carolina. Mientras estudiaba y dictaba clases de español en la universidad, recibí una buena noticia: uno de mis libros de cuentos a iba a ser publicados en Colombia. Después de varios años de decepciones llevando mis libros a diferentes editoriales, varios de mis cuentos por fin verían la luz. Así que cuando terminó el primer semestre de 2011 compré un tiquete para volar a Bogotá. En Colombia, mis padres me estaban ayudando a preparar el lanzamiento del libro. Todo parecía marchar sobre ruedas.
El evento tuvo lugar en una pequeña sinagoga que había sido comprada por el Teatro Nacional a principios de siglo. Antes de que llegaran los invitados recibí una llamada de una estación de radio. Di una breve entrevista acerca del libro, y me sorprendí al enterarme, cuando empezaron a llegar los primeros invitados, de que muchos de ellos habían escuchado la entrevista mientras conducían al teatro. Cuando todas las sillas en la sala principal estaban ocupadas, el representante de la editorial dio un breve discurso en donde se habló un poco de mi proceso de escritura y se elogió el valor literario de varios de mis relatos. El evento continuó con la presentación de un breve monólogo que yo había escrito unos cuantos años atrás. Fue muy satisfactorio ver, por primera vez, a un actor repitiendo las líneas que yo mismo había escrito. Las personas en el público parecían divertirse también. Después de la breve obra de teatro me subí al escenario, agradecí a todas las personas que debía agradecer, leí el primer cuento de la colección, y respondí preguntas por varios minutos. Para finalizar el evento se llevó a cabo la firma de libros. Creo que firmé al menos 90 autógrafos esa noche. Finalmente, mis padres nos invitaron a mis hermanos y a mí a comer hamburguesas en un restaurante al norte de la ciudad. Todavía recuerdo ese día con cierta nostalgia.
Así pasé mis meses de vacaciones, firmando ejemplares de mi libro en la Feria Literaria, dando entrevistas para Radio Todelar, para la radio de la Universidad Nacional, o para algunos canales locales de televisión. No se vendieron muchísimos ejemplares, pero los que se vendieron pagaron por la ceremonia de lanzamiento. Parecía que las cosas por fin estaban mejorando para mí. Pero luego tuve que regresar a Carolina del Sur, y todo cambió de repente.
Cuando llegué a mi apartamento en Main Street descubrí que una tormenta había destruido parte del techo del edificio The Lofts (un viejo edificio que a principios de siglo había funcionado como una fábrica textil), y numerosas goteras se habían formado en los pisos superiores. Una gotera se formó en el techo de la sala de mi apartamento, el agua que se filtraba caía sobre mi escritorio, arruinando los libros, documentos y cuadernos que se hallaban allí. También pude darme cuenta de que los encargados del mantenimiento del edificio habían usado algunos de mis platos y tazas para mitigar los efectos de las goteras en el apartamento. Aunque me quejé un par de veces con la administradora del edificio, nadie respondió por las modestas pérdidas materiales que sufrí en ese momento. Pero yo estaba preparándome para iniciar un nuevo semestre y no tenía energía para discutir por pequeñeces; finalmente decidí no echarle más leña al fuego, y me dediqué a preparar las clases que debía dictar en el semestre que comenzaría pronto.
Entonces empecé a sentirlo nuevamente: el peso inclemente de la soledad. No era un dolor profundo, tampoco era un sufrimiento constante. Era, tal vez, una extraña desazón, una inquietud cansada y triste que no me dejaba dormir en las noches.
De repente, el calor húmedo del verano empezó a colarse por las ventanas, por el pequeño espacio que hay debajo de las puertas. Y luego vino la plaga de las moscas. Salían moscas de todas partes, eran de todos los colores y tamaños. Como las clases en la universidad todavía no comenzaban, yo me pasaba el día en calzoncillos, encerrado en ese pequeño y húmedo apartamento que ni siquiera el aire acondicionado lograba enfriar. Se me iban los días preparando clases, leyendo cómics y cazando las moscas que se posaban en las ventanas, en los muebles y en las paredes. Usaba como arma una vieja chancleta de caucho. El insomnio, el calor, la humedad y las moscas no eran cosas distintas, más bien parecían ser diferentes manifestaciones de un mismo fenómeno, algo desagradable e informe que no sabía cómo nombrar.
“Qué calor tan hijueputa”, me decía cada noche, cuando me acostaba a dormir sobre el colchón sin cama que había encontrado abandonado en mi pequeña habitación el día que me mudé al edificio.
Una mañana cualquiera, después de una larga noche de insomnio, mientras dormía en ropa interior, sudando entre las sábanas que se enredaban sobre el colchón, me despertó de una insipiente pesadilla el ruido de una mano violenta que golpeaba la puerta del apartamento. Yo, que estaba demasiado cansado para levantarme, metí la cabeza bajo la almohada y traté de dormirme de nuevo. Pero los golpes siguieron por unos diez o quince minutos. Yo abría los ojos y consideraba la idea de ponerme de pie, pero la descartaba rápidamente. Entonces los golpes empezaron a sonar en la puerta de mi habitación. Sentí miedo, pero algo me decía que lo mejor era seguir ignorando el ruido; no tenía un plan, ni siquiera comprendía lo que estaba sucediendo, simplemente estaba decidido a quedarme echado en ese colchón así el mundo se estuviera cayendo a pedazos. Tal vez estaba deprimido.
Finalmente oí el sonido de una llave entrando a la cerradura de mi habitación. Sobresaltado, me senté en el viejo e incómodo colchón y traté de cubrir mi torso desnudo con las sábanas empapadas en sudor. Una mujer rubia de unos 55 años entró a mi habitación. Tenía unos pequeños ojos grises, llenos de odio y furia, y unas manitas rosadas y regordetas que habrían podido pertenecerle a un bebé gigantesco. Ella me increpaba en inglés mientras yo, perplejo, trataba de recordar quién era aquella extraña y violenta invasora. De repente, sentí una desagradable sensación en el estómago cuando reconocí la rosada cara de la iracunda mujer. Su expresión de rabia y odio deformaba de tal manera sus facciones que me había resultado imposible reconocerla a primera vista. Esta mujer, otrora sonriente y bonachona, era la administradora del edificio.
Mientras mi mente sudamericana se adaptaba al fuerte acento sureño de mi intimidante agresora, fui comprendiendo que aquellos rugidos inarticulados conformaban un mensaje; no era una solicitud, más bien parecía una orden. Palabras más, palabras menos, yo debía abandonar el apartamento inmediatamente. Aparentemente mi contrato de arrendamiento había expirado. Ella quería que desalojara el lugar para que los encargados del mantenimiento del edificio pudieran pintar las paredes y lavar las alfombras. Yo le pedí que saliera de mi habitación y le dije que bajaría a hablar con ella en su oficina después de que me hubiera duchado y vestido. Ella tiró la puerta violentamente y salió del apartamento como una avalancha de ira y desprecio.
Me duché con agua fría y luego me preparé un buen desayuno de huevos fritos con pan y tocineta. Podría decirse que me estaba tomando mi tiempo. Estaba nervioso y desconcertado, pero me esforzaba por mantener la calma. Cuando bajé al primer piso, la administradora se levantó abruptamente del escritorio de la recepción y se encerró en su oficina privada. Escuché voces tras la puerta, momentos después, el asistente administrativo salió de la oficina para hablar conmigo. Era evidente que ella no quería verme la cara. El asistente era un joven de unos veinte años, delgado y moreno. Recuerdo que tenía una barba delgada al estilo candado. Siempre había sido muy amable conmigo, y yo le tenía cierto aprecio. Me explicó con calma que mi contrato de arrendamiento había expirado, y que debía abandonar el apartamento ese mismo día. Por mi parte, le expliqué que en mi país los contratos de arrendamiento no expiraban; por el contrario, se renovaban automáticamente si el inquilino no expresaba su deseo de abandonar la propiedad. Después de hablar con él por unos veinte minutos, logré convencerlo de que me diera un día más para irme del edificio. Inicialmente le había pedido que me dejara quedarme todo el fin de semana, pero la administradora no dio su brazo a torcer. Tenía que empacar mis cosas y largarme de allí.
Me sentía deprimido y cansado. Subí las escaleras a mi apartamento y me serví un vaso de jugo de naranja. Me puse mis lentes de sol, me metí mi viejo i-pod en el bolsillo y salí a caminar sin saber a dónde ir. Caminé hasta la calle Assembly, en donde hay un Wendy’s de dos pisos. Ordené una hamburguesa con papas a la francesa y una lata de Coca Cola. La mujer en la ventanilla tomó mi pedido de mala gana. Yo traté de no tomármelo personalmente, no todas las personas en este país son amables con los inmigrantes.
Decidí comerme la hamburguesa afuera del restaurante, en una banquita que había debajo de un árbol. Un hombre alto y rubio se me acercó. Tenía una barba que le llegaba hasta el pecho y su pelo era largo y descuidado. Llevaba una camiseta blanca sin mangas y una pañoleta roja atada a una de sus muñecas. Me preguntó si podía ayudarle con algo de dinero. Yo le dije que no podía ayudarlo, y me disculpé sin mucha convicción. El hombre se alejó renegando e insultándome entre dientes. Yo traté de no ponerle atención. Los rayos del sol se estrellaban contra mis brazos desnudos, los marcos dorados de mis lentes de sol empezaron a calentarse como dos pequeñas resistencias de alambre en una tostadora.
“Maldita aldea primermundista”, susurré. Saqué mi teléfono celular y llamé a mi amigo Cristián. No contestó. Me pregunté si se encontraría en la costa oeste.
Cristián era un científico chileno que estaba cursando su doctorado en biología marina; por eso tenía que viajar a Bodega, California, en donde conducía sus experimentos. Me lo imaginé buceando, recogiendo estrellas de mar, anotando sus observaciones con tinta hidro-resistente en una libreta a prueba de agua. Cerré los ojos por un rato y me quedé sentado en la banca de madera, tratando de decidir qué hacer.
Cristián y yo habíamos vivido juntos por unos cuantos meses, con un estadunidense llamado Devin Wilson, en una pequeña casa en Georgia Street. Cuando lo conocí, Devin estaba estudiando ingeniería eléctrica en la universidad. Recuerdo que le gustaba tocar la guitarra y beber en el porche. Entonces llamé a Devin y le pregunté si podía quedarme por un par de días con él y Cristián, pero él me dijo que se había mudado nuevamente a la casa de sus padres porque había tenido un par de discusiones desagradables con Cristián. Me dijo que, aunque no podía hospedarme en la casa de sus padres, la cual se hallaba a las afueras de la ciudad, podía contar con él si necesitaba ayuda transportando mis cosas. Le dije que eso era muy amable de su parte, y le pregunté si me podría ayudar a mudarme al día siguiente, una vez hubiera encontrado un lugar en donde pasar un par de días mientras buscaba un nuevo apartamento para arrendar.
Mientras caminaba de vuelta al viejo edificio, escuchando música en mi i-pod, se me ocurrió la idea de llamar a mi buena amiga Julia. Al igual que yo, ella se había matriculado en el programa de maestría en Literatura Comparada. Julia había nacido en Argentina, pero llevaba varios años viviendo en los Estados Unidos. Ella era mi mejor amiga en el programa. Me daba vergüenza pedirle ayuda, pero se me estaban acabando las opciones.
Julia me dio ánimo y me dijo que podía dormir en su sofá por unos días. Le di las gracias, subí el volumen de la música y seguí caminando hacia el apartamento. Avancé por las calles solitarias, con la espalda encorvada y las manos en los bolsillos.
Esa tarde metí mis pocas pertenencias en bolsas plásticas y cajas de cartón que me regalaron en un supermercado local. Cuando descubrí que necesitaba más cajas de cartón salí a buscarlas en las aceras y debajo del puente del tren. Antes de medianoches había empacado todo lo que tenía que empacar.
A la mañana siguiente hablé con Devin. Después de almuerzo vino al apartamento y me ayudó a subir mis cosas a su camioneta. Era un lindo vehículo rojo con un gran platón y una cómoda cabina con asientos de cuero. Llegamos a la casa de Julia en menos de veinte minutos. Ella vivía en el segundo piso de una casa restaurada que había sido construida en la década de 1920. Estaba en un barrio histórico llamado Shandon. Julia nos abrió la puerta y nos ofreció agua. Devin y yo subimos mis cosas al segundo piso, nos dimos la mano, y acordamos encontrarnos para almorzar la semana siguiente.
Julia se despertaba temprano, desayunaba en la sala (tratando de no hacer mucho ruido para no despertarme), se daba un duchazo y salía a la universidad a enseñar su clase de verano. Yo me levantaba poco después de que ella saliera de la casa, me tomaba un café, me duchaba y salía a la calle a buscar un apartamento disponible que no estuviera demasiado lejos de la universidad. Durante esos días hice varias llamadas; contacté a Jim, el dueño de la casa en la que Cristián, Devin y yo habíamos vivido. Jim era buen tipo, tenía un poco más de sesenta años y había sido profesor del departamento de geografía por mucho tiempo. Él y su esposa, una exitosa abogada afiliada al partido Demócrata, tenían casas y apartamentos por toda la ciudad. Hacían dinero extra arrendándoles estas propiedades a estudiantes graduados internacionales. Desafortunadamente, Jim y su esposa no tenían propiedades disponibles en ese momento. Entonces llamé a varios edificios de apartamentos en donde vivían muchos estudiantes internacionales y estudiantes graduados. Llamé, por ejemplo, a Cornell Arms, que está sobre la calle Pendelton. Pero todos los apartamentos disponibles se salían de mi presupuesto. No por nada, la mayor parte de los estudiantes que vivían en el edificio eran saudís, patrocinados por el gobierno de su país. Después de hablar con los administradores de Cornell Arms contacté a los encargados de Cliff Apartments, un gran complejo de apartamentos en la calle Whaley. Aunque estos apartamentos se adaptaban más a mi humilde presupuesto de estudiante graduado, tampoco allí había apartamentos disponibles.
En medio de mi desesperación regresé a The Lofts y hablé con la administradora de edificio. Le expliqué con calma la razón de nuestro malentendido, y le solicité respetuosamente que me ayudara a encontrar un nuevo apartamento en el edificio, ya que el que había ocupado anteriormente iba a ser entregado a dos nuevos inquilinos. Ella, todavía algo molesta por el disgusto que le había causado, me dijo que haría lo posible por ayudarme. Nos despedimos sin darnos la mano. A pesar de que mi reunión con la administradora del edificio salió, en términos generales, “bien”, parte de mí no quería verme regresar, humillado y derrotado, al lugar de donde me habían echado a gritos como a un perro callejero.
Por eso hablé con mi amiga Irina, otra compañera del programa de maestría en Literatura Comparada. Irina era de un pequeño pueblo en Rusia, pero, al igual que Julia, ya llevaba varios años viviendo en los Estados Unidos. Ella me sugirió que llamara a la oficina de Park Circle. Park Circle era un enorme edificio de apartamentos que daba sobre el parque Maxcy Gregg. La mayor parte de los inquilinos eran estudiantes graduados provenientes de África, India, China, Corea del Sur, Medio Oriente, Europa Oriental y Latinoamérica. Aunque el edificio se había ganado una mala reputación entre los estudiantes graduados de la universidad debido a su constante problema de cucarachas, los precios de arrendamiento eran bastante razonables. Esa misma tarde caminé hasta el edificio y hablé personalmente con el administrador. Era un tipo de unos cincuenta años al que todos llamaban Jack. Siempre tenía puesto un enorme reloj de oro y lentes oscuros con marcos dorados. Tenía un espeso bigote castaño y las sienes cubiertas de pelos plateados. A veces llevaba puesto un anillo de grado de la universidad de South Carolina. Jack me dijo que tendrían un apartamento tipo estudio disponible la semana siguiente. Cansado de buscar, y con la certeza de que no encontraría nada mejor antes del inicio del semestre, firmé el contrato de arrendamiento esa misma tarde; no quise ver el apartamento, ni siquiera le pedí a Jack que me dejara ver fotografías del lugar.
Esa tarde llegué a casa de Julia y le di las buenas noticias. También llamé a Irina y le agradecí por haberme dado la idea de hablar con los administradores de Park Circle. Julia preparó la cena ese día. Yo le di las gracias por su ayuda y hospitalidad. El futuro empezaba a verse un poco menos oscuro.
Julia seguía levantándose temprano. Yo seguía levantándome poco después de que ella salía del apartamento. Tenía la sensación de que mi amiga estaba empezando a sentirse incómoda conmigo. A veces me sentía como un mendigo, escondido en su pequeño laberinto de cajas y bolsas plásticas. La verdad es que mis cosas obstaculizaban el paso en la sala de estar. No era un espectáculo agradable. Por esa razón pasaba el día entero caminando por la ciudad; tomba capuchino, expreso y cortado en cafecitos locales como Drip y Cool Beans. Cuando me cansaba de caminar, me sentaba con un libro en cualquier banquita de madera en el Horse Shoe (un hermoso jardín en el centro de la universidad), en la enorme fuente que hay al frente de la biblioteca de la universidad, o en el parque Maxcy Gregg. A veces daba largas caminatas por el parque Martin Luther King Jr., que se encuentra a unas pocas cuadras de Five Points, el sector donde están casi todos los bares y restaurantes de la ciudad.
En ocasiones la ciudad era azotada por violentas tormentas de verano. Entonces me refugiaba en la biblioteca Thomas Cooper (un enrome bunker construido durante el frenesí de paranoia que fue la Guerra Fría) y leía cómics. Fue allí donde leí varios de los números de Sin City de Frank Miller. Y así, entre libros, cafés, y largas caminatas, fueron pasando los días y las noches de ese verano distante. Sabía que pronto me llamarían de Park Circle para informarme que ya podía mudarme a mi nuevo apartamento. Luego empezaría un nuevo semestre en la universidad, y ya no tendría tiempo pare leer por placer, ni para dar esas largas caminatas por las solitarias calles de Columbia. Una vez los estudiantes regresaran a la ciudad, la efímera paz que empezaba a experimentar se derrumbaría como un castillo de naipes.
Una mañana, poco antes de las once, llegué a la oficina administrativa de The Lofts. La administradora me invitó a pasar, y me preguntó si seguía interesado en vivir en el edificio. Yo le informé, con cierta satisfacción, que había conseguido un apartamento más cerca de la universidad, y le pedí que empezáramos a realizar los trámites necesarios para coordinar la devolución de mi depósito. Salí de esa oficina sintiéndome como un rey.
Habían pasado once o doce días desde que me había visto forzado a meter mis cosas en el platón de la enorme camioneta de Devin para llevarlas a la sala de mi amiga Julia. Yo estaba saliendo de una de mis largas sesiones de lectura en la biblioteca. Me detuve frente a la fuente que brillaba bajo el sol perezoso de las seis de la tarde. Entonces recibí un mensaje de texto de Julia. Me decía que le alegraba haber podido ayudarme en el difícil momento que tuve que pasar, pero me pedía que entendiera su situación: el semestre estaba a punto de comenzar y ella necesitaba espacio y tranquilidad para prepararse para el inicio de otro arduo periodo académico. Me pidió que me mudara a mi nuevo apartamento lo antes posible. Sentí que me estaban dando un ultimátum. Me senté al lado de la fuente y vi cómo el agua se movía con la suave brisa del estío, brillando apenas bajo el indiferente sol de Carolina del Sur. Le escribí que trataría de mudarme al nuevo apartamento al día siguiente. Llamé a Devin y le pregunté si tendría tiempo en la mañana para ayudarme con la mudanza. Él me dijo que sí. Llamé también a Jack para preguntarle si el apartamento estaba listo, pero nadie contestó.
Al día siguiente me levanté temprano en la mañana, llamé a Jack, que acababa de entrar a la oficina, y le expliqué que debía mudarme lo antes posible. Él me dijo que no tenía problema en que me mudara ese mismo día, pero me explicó que no conectarían la electricidad hasta el lunes. Si mal no recuerdo, era viernes. Le respondí a Jack que eso estaba bien, y luego llamé a Devin para preguntarle si todavía podía ayudarme con la mudanza. Mi amigo llegó a la casa de Julia a eso de las once de la mañana, me despedí de ella y le di las gracias por toda su ayuda. Poco después del mediodía Devin y yo habíamos terminado de subir todas mis cosas al diminuto apartamento en el piso once, el cual sería mi hogar por los próximos dos o tres años.
Esa noche dormí en el suelo. Había dejado el colchón que usé en el apartamento de The Lofts abandonado en mi habitación. Al fin y al cabo, allí lo había encontrado. Oí ruidos en la calle de atrás y me asomé por la ventana. Dos policías habían detenido a un hombre que conducía un Volkswagen escarabajo rojo. El hombre, que estaba esposado, forcejeaba un poco, pero lo hacía sin convicción. Parecía resignado a ser arrestado esa noche. Me pregunté por qué lo habrían detenido. Se llevaron al hombre y dejaron el escarabajo estacionado a un lado de la calle. “Bienvenido al barrio”, me dije.
Una ventisca de verano se estrellaba con violencia contra la ventana. Yo daba vueltas sobre el improvisado nido de cobijas y sábanas que había colocado sobre la alfombra. No podía dormir. Sólo me revolcaba en el suelo como un animal triste y abandonado. No podía creer que apenas un par de meses atrás había estado firmando autógrafos en la Feria del Libro.
“La vida te da sorpresas”, dicen por ahí. Me pregunté si habría un Dios en el cielo, alguien que vela por nosotros en cada paso de nuestro camino.
La idea me pareció tan inverosímil que era casi extravagante. Experimenté de repente una tristeza profunda. Puse la almohada sobre mi cabeza y traté de no pensar en nada, de no mover ni un músculo. Una palabra huérfana, solitaria, vino de pronto a mis labios, como una plegaria desconsolada: “Mierda”.