Por Sorayda Diaz

Cinco años después de iniciar su proyecto artístico, entre exhibiciones y encuentros, Paola Rascón sigue hablando del arte como un puente: una forma de escuchar, mirar de verdad y dejar constancia.
En conversación con VozEs, la artista comparte un recorrido que no entiende “el viaje” solo como migración, sino como transformación: un tránsito cultural y creativo que atraviesa fronteras, identidades y comunidades.
Paola se nombra desde el norte, desde la frontera. Creció en un territorio en el estado de Chihuahua donde, dice, muchas veces se convive más con Estados Unidos que con el resto de México. Ese contexto la marcó: no necesariamente por pertenecer a ciertas subculturas, sino por estar cerca de ellas, verlas de frente y entender que ahí también hay historia, códigos, luchas y humanidad.
Aunque lleva pintando alrededor de 30 años, al principio no tenía claro su “tema”. Le interesaba la figura humana, el retrato, el gesto. Estudió psicología como primera carrera, una decisión que hoy reconoce como fundamental: su pintura, explica, tiene mucho que ver con el comportamiento humano, con lo que ocurre dentro de las personas y en la sociedad. Durante años pintó desde la introspección, emociones, sensaciones, estados internos, hasta que un viaje lo cambió todo.

Ese viaje fue África.
Desde la preparatoria, Paola soñaba con ir a África. Años después, tras estudiar arte en Nueva York y vivir de cerca el ritmo migrante de la ciudad, donde observó a tantas personas latinas trabajando sin descanso, se encontró de nuevo con un sacerdote que conocía desde los 17. La invitación llegó en el momento exacto: Paola viajó a Kenia y pasó seis meses en Kibera, un enorme cinturón de pobreza extrema.
Ahí, en medio de necesidades imposibles de abarcar, recibió un consejo que la aterrizó: “Haz lo que sabes hacer”. Pintó una Virgen de Guadalupe para una pequeña parroquia, dio clases a niños y, sobre todo, entendió algo con claridad: eso era lo que quería pintar. Para ella, el arte es historia, un libro abierto que narra cómo se vive una época: lo que pasa en la calle, lo que se mira y lo que se ignora, lo que la sociedad no quiere ver, pero existe.
De regreso, comenzó una serie inspirada en personas africanas: necesitaba “dejarle eso al mundo”, plasmar lo vivido, documentarlo. Más tarde, ya en Chihuahua, se obligó a mirar su propio entorno con nuevos ojos. Salió al centro, habló con gente, pidió permisos, fotografió: el bolero, los músicos, los personajes cotidianos, la ciudad como archivo vivo. Esa serie se convirtió en una forma de detener el tiempo, de registrar lo que la rutina suele invisibilizar.
En ese proceso apareció el encuentro que definiría la siguiente década de su obra: los cholos.


Paola cuenta que empezó a hablar con ellos como parte de su serie urbana, pero algo la atrapó: las historias familiares, los vínculos con Los Ángeles, la memoria migrante, la identidad construida entre dos mundos. Fue entonces cuando comenzó a leer e investigar libros, tesis, artículos para comprender el trasfondo histórico y cultural. Lo que encontró la marcó: una búsqueda de identidad nacida del desarraigo, del “no ser suficiente” para un lado ni para el otro; hijos de migrantes que eran “muy americanos” para los mexicanos y “muy mexicanos” para Estados Unidos.
En su mirada, hay valentía en esa afirmación identitaria: tatuarse símbolos, hablar en spanglish, construir códigos propios, alzar la frente frente a una sociedad dominante. Paola no romantiza los aspectos duros: reconoce que la violencia y las pandillas crearon estigmas difíciles de romper, y que hoy la cultura se ha transformado en nuevas ramas y generaciones. Pero insiste en lo que le importa como artista: rescatar el valor humano y la dimensión histórica de esa identidad.




Esa intención se ve también en su lenguaje visual. En una primera serie, retrató a sus modelos con fondos oscuros, inspirados en el barroco: un dramatismo que resalta el rostro, los ornamentos, la postura, los tatuajes. No para “exotizar”, sino para enaltecer: para decir, con pintura, “míralos como personas completas”. Más adelante, en otra etapa, introdujo fondos dorados con hoja de oro: el metal como símbolo de fuerza, durabilidad, permanencia. Además, incorpora escritura, dibujo, collage: fragmentos que funcionan como archivo y relato.
Uno de los momentos más potentes de la entrevista llega cuando Paola cuenta lo que ocurrió en Chihuahua durante una exposición. Invitó a varios cholos a la inauguración sin saber si asistirían. Llegaron tímidos, con la mirada baja, como si el museo no fuera un lugar para ellos. Pero la gente los reconoció en las obras: pidió fotos, conversó, se acercó. Y algo cambió.
“Salieron como artistas”, dice Paola, recordando cómo se fueron con la cara en alto, felices, posando con orgullo. Lo inesperado se volvió profundamente significativo: por un instante, se rompió el estigma. Se abrió un lazo entre comunidad y sociedad. Durante meses, comenzaron a reunirse afuera del museo, a entrar, a recorrer otras salas.
El museo también cambió: los invitó a pasar, les mostró otras exposiciones, los hizo parte. Paola no lo planeó como objetivo, pero lo vivió como una de las recompensas más grandes: el arte creando un lugar de pertenencia.
Cuando habla del ser humano, su tono vuelve a la psicología: le impresiona que no existan dos mentes iguales, ni dos vivencias idénticas, aunque compartamos clima, barrio o historia. Observa los rostros con devoción: arrugas, pestañas, piel, gestos mínimos. Lo que busca en cada retrato no es solo el parecido, sino la esencia. Para ella, una obra tiene sentido cuando la audiencia ve “más allá del retrato”, cuando algo emocional se enciende y ocurre esa conexión silenciosa entre alma y pintura.
Al cierre, Paola comparte que actualmente tiene una exposición en México, en la Condesa, en una galería llamada Galería L, donde participa con alrededor de siete u ocho piezas junto a otra artista. La muestra permanece hasta febrero. Mientras tanto, se encuentra en un “inter” creativo: siente que su obra se está moviendo hacia nuevos temas, todavía “en el horno”. Menciona una inquietud que la acompaña desde África: un deseo de viajar a Brasil, a las favelas de Río, como si su camino siguiera guiado por esa misma brújula: ir donde la historia late fuerte y convertirlo en memoria visual.
Paola se despide como empezó: con gratitud y honestidad. La conversación deja clara una cosa: para ella, pintar no es decorar el mundo, sino documentarlo. Hacer visible lo invisible. Y, a veces, abrir una puerta para que alguien se vea reflejado.
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