Por Sorayda Díaz

Isaac Chavarría salió de Puebla a los 19 años con un plan claro y una promesa personal: trabajar un año en Estados Unidos, ahorrar dinero y regresar a México para estudiar diseño gráfico. Las computadoras apenas comenzaban a popularizarse y eran costosas. La idea era sencilla. El resultado, no tanto. Ese año se convirtió en treinta.
Primero fue Nueva York. Diez años de hacer “de todo”. Literalmente de todo. Trabajos que no siempre coincidían con lo que imaginó de joven, pero que sostenían el día a día. Después, hace veinte años, llegó a Charlotte, cuando la ciudad todavía ofrecía casas más accesibles y nuevas oportunidades. La migración no fue solo un movimiento geográfico; fue una transformación lenta, acumulativa, hecha de pérdidas, aprendizajes y resistencia silenciosa.
Desde niño le gustaba dibujar. En la escuela, cuando se aburría, en lugar de escribir la letra inicial de una oración, la convertía en dibujo. Algo ya estaba ahí. No tuvo formación académica en arte. Es autodidacta. Aprendió a pintar mirando, practicando, equivocándose. Ha tomado apenas un taller formal en su vida, en Holanda, donde decidió enfrentarse al óleo después de años trabajando con acrílico. Pero su verdadera escuela ha sido la experiencia.
Durante mucho tiempo quiso escribir un libro sobre la vida del inmigrante. Pensaba en todo lo que llevaba dentro desde que dejó Puebla: la despedida, la incertidumbre, el miedo, la esperanza. Pero la escritura no terminaba de acomodarse. Entonces entendió que su lenguaje era otro. “Si no lo puedo decir, lo voy a expresar”, explica. Y así comenzó a construir lo que hoy es una serie de pinturas que narran, de manera cronológica, su trayecto migratorio: desde la salida hasta el presente.

En una de sus piezas aparece su madre llorando mientras él parte. La escena está cargada de símbolos: una figura femenina que recuerda a la Virgen, una tormenta en el horizonte, un cielo que poco a poco se aclara. La tristeza inicial se transforma en esperanza. Su proceso creativo comienza siempre con un sentimiento. Primero la emoción —soledad, dolor, incertidumbre— y luego el dibujo. A medida que pinta, el sentimiento cambia. Lo que empieza como tormenta puede terminar en claridad.
En sus obras se repiten elementos mexicanos: colores intensos, referencias religiosas, figuras que remiten a Cholula o a símbolos aztecas. Pero también aparecen muros convertidos en bloques de lego, patrullas, lágrimas, figuras detenidas. Una muñeca llorando mientras es llevada de un lado a otro de la frontera. La migración no es abstracta en su obra; es concreta, humana, doméstica.
Isaac no busca fama. Lo que quiere es cambiar la narrativa. En un momento en que el discurso público endurece la mirada sobre los inmigrantes, él insiste en humanizar. Mostrar que detrás de la palabra “inmigrante” hay madres que lloran, hijos que parten, trabajadores que se levantan temprano, personas que han sufrido para llegar hasta aquí. El arte, para él, es una forma de resistencia sin violencia. Una manera de abrir los ojos sin gritar.


Su compromiso con la comunidad va más allá de su propio lienzo. Estudió Servicios Humanos con especialización en discapacidades del desarrollo y trabajó durante años en una organización sin fines de lucro apoyando a personas con síndrome de Down y otras condiciones. Allí también enseñaba arte. Ha visto a adultos que casi no pueden usar sus manos completar una pintura con dos dedos. Ha visto la emoción desbordarse cuando alguien se reconoce capaz de crear algo bello. Para él, el arte no es lujo; es herramienta de dignidad.
Aunque ha exhibido piezas individuales, su sueño es mostrar la serie completa. La concibe como un libro visual. “Un libro sin páginas no se entiende”, sugiere al explicar por qué no ha vendido ninguna pintura de esa colección. Quiere que la historia se vea entera, que el recorrido tenga sentido.
Habla de organizar una exposición grande, de tocar puertas en museos, de llevar la conversación a espacios donde también circulan otras narrativas. No para confrontar con rabia, sino para recordar algo esencial: este es un país construido por migrantes. “Los únicos que son de aquí son los nativos”, dice con serenidad. El resto, en algún momento, también cruzó.

Treinta años después de aquel viaje que iba a durar doce meses, Isaac sigue pintando. Sigue aprendiendo. Sigue imaginando formas de decir lo que a veces resulta difícil pronunciar. En sus cuadros hay tormentas y cielos despejándose. Hay lágrimas y también luz. Hay memoria mexicana y presente estadounidense. Y sobre todo, hay una insistencia firme en contar la historia propia antes de que alguien más la cuente por él.








































