Drift constante: el arte que nunca se queda quieto

Por Sorayda Diaz

El nombre artístico de Carlos Aguilar theydrift no es casualidad. Habla de movimiento, de trayectos que nunca se quedan quietos, de una vida que ha ido saltando de ciudad en ciudad con el arte como brújula. Drifter, para él, es alguien que se desplaza constantemente, no solo geográficamente, sino también entre escenas, estilos y mundos: del graffiti a las galerías, de East Los Angeles a Memphis, Seattle y ahora Portland, siempre con una lata de pintura o un pincel en la mano.

Carlos nació en East LA en 1981 y creció en Compton hasta los 15 años, rodeado de cultura chicana, murales, vírgenes en las paredes y grafiti en cada esquina. Su papá, hijo de padres originarios de Durango, nació también en East LA; su mamá es de un pequeño pueblo en Baja California llamado Cuervos. Esa mezcla de raíces mexicanas y vida en Los Ángeles marcó su imaginario desde niño, aunque no siempre fue consciente de ello.

El dibujo lo acompaña desde temprano: recuerda estar en el camión de carga de su papá, entreteniéndose con cómics que después intentaba copiar página por página. También cuenta aquella escuela por correspondencia que evaluaba dibujos de tortugas y piratas: un representante llegó a su casa, vio sus dibujos, habló con sus padres y les dijo que no se asustaran si su hijo empezaba a dibujar “cosas locas”; era parte del camino artístico. No duró mucho en el programa porque la familia no podía pagarlo, pero esa fue la primera vez que alguien externo le dijo con claridad: esto que haces es arte, y vale la pena tomarlo en serio.

A los diez años se acerca al graffiti, y hacia 1996 ese mundo lo atrapa por completo. Las calles se convierten en su taller. Con el tiempo, la pintura en aerosol se vuelve su herramienta principal y le abre puertas en distintos estados. Gracias al graffiti, dice, aprendió dos cosas fundamentales: a dominar un medio muy específico —el spray, tan distinto al pincel— y a ser humilde. En la calle, cualquier pieza puede ser tapada al día siguiente; nada está garantizado. Esa conciencia de lo efímero lo mantiene con los pies en la tierra y en diálogo constante con las nuevas generaciones de escritores.

Su trayectoria también está hecha de mudanzas. A los 15 años su familia se va a Memphis, Tennessee, y el cambio es brutal. De la intensidad visual de East LA pasa a una ciudad donde casi no hay murales y donde, de pronto, se convierte en el único chicano de su escuela. El shock cultural es fuerte, pero el arte y la patineta lo ayudan a encontrar comunidad. Más adelante, se mudará a Seattle buscando una escena artística más vibrante; allí trabajará años como gerente de producción en una imprenta de serigrafía, al tiempo que sigue pintando.

El giro decisivo llega cuando, ya instalado en Portland, consigue un encargo grande que le paga lo suficiente para sostenerse un par de meses. Carlos decide entonces renunciar a su empleo y apostarlo todo al arte. Desde hace alrededor de dos años vive de sus murales, de la venta de obra y de proyectos que lo llevan de ciudad en ciudad. Reconoce que la vida de artista tiene subidas y bajadas, pero también que nunca había podido dedicarse con tanta intensidad a su práctica como ahora.

Aunque su identidad chicana siempre estuvo presente, hubo una larga etapa en la que se fue diluyendo a medida que se alejaba de Los Ángeles. Vivir en lugares donde casi no hay comunidad latina hizo que perdiera contacto con muchas de sus referencias culturales. Hoy, parte central de su trabajo es precisamente volver a esas raíces.

Su exposición más reciente, cuenta, nace de ese deseo: reconectar con lo que dejó atrás durante los últimos veinte años. Uno de los temas que lo obsesionan ahora son los vaqueros: la figura del cowboy que históricamente tiene un origen profundamente mexicano, pero que ha sido blanqueada y reapropiada desde otros relatos. Carlos investiga, lee, se informa y luego transforma ese material en imágenes. A través del color y la composición, intenta insistir en algo muy simple pero poderoso: esa historia también es nuestra, y él quiere que quede claro desde el arte.

Su trabajo combina años de graffiti con técnicas de óleo, retrato y lenguajes propios del pop y lo psicodélico. Sus piezas parecen “glitcheadas”: fragmentadas, saturadas, con colores brillantes —sobre todo turquesas y rosas neón— que le vienen de la infancia, cuando su mamá pintó de esos tonos los muebles viejos de la casa. Esos colores, dice, se le quedaron grabados para siempre y hoy aparecen, aunque sea en una línea mínima, en casi todo lo que hace.

Carlos se mueve entre el muro y la galería. En los murales, suele responder a encargos concretos: un negocio, una persona, una temática. Quienes lo buscan ya conocen su estilo y le dejan un margen amplio para interpretar. Él investiga, propone bocetos y encuentra el punto medio entre lo que el cliente pide y su propio lenguaje. En la galería, en cambio, la obra es completamente suya: ahí coloca sus preguntas sobre identidad, pertenencia y cultura; ahí se permite arriesgar más, seguir impulsos y emociones del momento.

Con los años también ha aprendido a traducir su experiencia en acompañamiento a otros. Mantiene buena relación con generaciones más jóvenes de grafiteros, les habla de cómo pueden profesionalizarse y cobrar por lo que hacen. A la vez, esa red de respeto mutuo protege su trabajo: sus piezas rara vez son vandalizadas, algo que él no da por sentado y que atribuye a la relación que ha construido con la escena.

Drift, dice, también tiene que ver con cómo entiende el pertenecer. Después de 13 años en Seattle, construir una comunidad sólida y luego irse a Portland fue difícil. De pronto, otra vez eran solo él y su esposa en una ciudad nueva, sin el círculo de amistades que habían tejido. Esa sensación de empezar de cero se repite en cada mudanza: buscar la escena artística, presentarse, ir a exposiciones “sin conocer a nadie” hasta encontrar su lugar.

Esa vida en movimiento le ha enseñado que el sentido de pertenencia no siempre está en la geografía, sino en la práctica: en seguir pintando, un día tras otro. Una frase que se le quedó grabada de un artista mayor es simple, pero la repite como mantra: haz al menos una cosa al día. Un trazo, un boceto, un pequeño avance. Esa constancia, más que los grandes saltos, es lo que lo ha traído hasta aquí.

Si pudiera hablarle a ese niño que practicaba su firma y mandaba dibujos por correo, le diría que nada ocurre de la noche a la mañana, que el camino es largo y a veces incómodo, pero que vale la pena. Hoy, a sus cuarenta y tantos, Carlos por fin puede nombrarse con tranquilidad: es artista, vive de lo que ama y usa cada muro y cada lienzo para seguir rastreando sus raíces, reescribiendo la narrativa chicana y recordando que nuestra presencia, como dice, no solo está en las sombras del país, sino también en sus colores más vivos.

Sigue al artista en: https://www.instagram.com/theydrift/

Volver a las raíces: el arte de Héctor entre Oaxaca y Charlotte

Por VozEs

La historia de Héctor Rojas es la de alguien que salió de México de niño, se formó en Estados Unidos y, con el tiempo, decidió regresar, al menos simbólicamente, a donde todo empezó: a sus raíces. Ese regreso no fue solo geográfico, sino también cultural y espiritual, y hoy se refleja en cada cuadro y en cada tatuaje que realiza.

Héctor llegó a Estados Unidos alrededor de 2003, con 13 años, directamente a Charlotte. Como muchos niños, no decidió migrar: siguió a sus padres sin comprender del todo lo que implicaba cruzar la frontera. Aquella travesía, que de adulto se entiende como riesgosa, en su memoria de niño se quedó como una especie de aventura.

Entró a la escuela, conoció otras culturas y, poco a poco, se fue diluyendo la conexión con México: sentía que se “perdía” un poco entre idiomas, códigos nuevos y la presión de adaptarse. Esa distancia con sus tradiciones coincidió con el despertar de su gusto por el dibujo.

El primer impacto artístico le llegó en la infancia, en México. Recuerda a su padre llegar cansado del trabajo, sentarse y, aun así, ponerse a dibujar para ayudar a su hermano con un proyecto escolar: uno de los Niños Héroes. El dibujo quedó tan bien que ganó un reconocimiento. Ahí se encendió la chispa: si su papá podía crear algo tan potente con lápiz y color, él también quería intentarlo.

Ya en Charlotte, un amigo que dibujaba reavivó ese interés. Héctor comenzó a explorar el estilo chicano: payasos, letras, íconos como la Virgen de Guadalupe, imágenes que hablaban de orgullo, barrio e identidad méxico-americana. Ese lenguaje visual se convirtió en una forma de sentirse parte de algo en un país que todavía no sentía suyo.

Pero la vida lo llevó a interrumpir una y otra vez ese camino artístico. La llegada de su primer hijo, la necesidad de trabajar y las responsabilidades familiares lo obligaron a “dejarlo al lado”, aunque el deseo de pintar siempre regresaba como una especie de refugio para el estrés.

Un giro importante llegó cuando tuvo que regresar a México por un tiempo y vivir en Oaxaca. Ese regreso lo confrontó con algo más profundo que el chicanismo: la raíz. Visitar ruinas, ver piezas prehispánicas de oro, tallas en piedra, murales antiguos y símbolos ancestrales le hizo preguntarse de dónde venía realmente todo. Descubrió que su conexión más fuerte no era solo con un estilo urbano, sino con una historia que se remontaba a los pueblos originarios.

A partir de ahí, su arte comenzó a desplazarse: de los payasos y letras chicanas hacia figuras como Xochipilli y otros elementos prehispánicos. Si antes se veía “igual que los demás”, ahora quería ir “más atrás”, a la base de todo: las culturas que migraban, resistían y creaban siglos antes, igual que hoy muchas familias cruzan fronteras para salir adelante.

Otra experiencia clave fue una invitación para hablar del Día de Muertos en una escuela católica. Varias personas veían la tradición como algo oscuro o “tabú”. Héctor decidió entonces estudiar más la cultura mexicana y explicar, desde el respeto, que la muerte no es un fin, sino un paso más; que las ofrendas, flores y calaveras no son brujería, sino memoria y amor. Después de esa charla, incluso varias personas anglo hicieron sus altares, mostraron fotos de sus seres queridos y se involucraron con curiosidad.

Esa vivencia reforzó su decisión: si no siempre puede explicar todo con palabras, lo hará con pintura.
Cada obra intenta contar lo que vivió, lo que no siempre se atreve, o no tiene tiempo, de narrar en voz alta.

Hoy, Héctor trabaja con aerógrafo y tatuaje. Su proceso inicia buscando referencias que “digan algo”: imágenes que parezcan estar contando una historia por sí mismas. Luego las edita para resaltar luces y contrastes, prepara plantillas y empieza a trabajar. Antes de pintar, sale a ver la naturaleza, se pone los audífonos y se desconecta del ruido. Escucha de todo: rap, cumbia, salsa, banda, reguetón. Lo importante no es el género, sino entrar en un estado de concentración donde solo existen la pieza y el color.

Cuando termina un cuadro, no siempre lo entrega de inmediato. Puede quedarse una o dos semanas mirándolo cada día, asegurándose de que la obra “le diga algo” y que aquello que quiso transmitir sea lo que otros verán.

Héctor es padre de tres jóvenes , de casi 20, 18 y 17 años, y parte de su impulso creativo está ligado a ellos. Quiere dejarles huella: no solo obras colgadas en las paredes, sino conocimientos, técnicas y un ejemplo de disciplina. Su hija mayor ya tatúa y trabaja también en el estudio; él sueña con que alguno continúe el camino artístico. Cree firmemente que la verdadera muerte llega cuando se nos olvida, por eso repite que su meta es “dejar algo aquí”, una memoria visual que lo sobreviva.

Entre sus planes está ampliar su trabajo hacia murales y colaborar con escuelas y espacios públicos. Sabe que un lienzo dentro de una casa lo ven pocas personas, pero un muro en la calle puede hablarle a todo un barrio. A través de esas imágenes quiere mostrar que la cultura mexicana no es solo color y folclor, sino también historia, pensamiento y espiritualidad.

Al reencontrarse con Oaxaca, con las ruinas, con las piezas antiguas, Héctor también se reencontró consigo mismo. Hoy, su arte es el puente entre el niño que veía a su padre dibujar en México, el adolescente que se formó en Charlotte y el adulto que decide mirar hacia atrás para construir algo nuevo.

En cada rostro prehispánico, en cada cráneo florido, en cada figura ancestral que pinta, la pregunta de “¿de dónde venimos?” se convierte en imagen. Y la respuesta, aunque compleja, late clara: venimos de una historia que vale la pena recordar, honrar y seguir contando con nuestras propias manos.

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Megan Gonzalez: Entre dos mundos, una misma voz

Por VozEs

Megan Gonzalez nació en Texas, hija adoptiva de una familia estadounidense que siempre tuvo claro algo: sus hijos debían crecer conectados con sus raíces mexicanas. Por eso, cuando Megan estaba en cuarto grado, empacaron todo y se mudaron a Ocotlán, Jalisco, Mexico. Ahí, en un pueblo que entonces era pequeño, Megan aprendió español, entendió de dónde venía su herencia y descubrió, sin saberlo, la primera pieza de una identidad que se movería entre dos mundos.

Su familia la matriculó directamente en una escuela mexicana. Fue un aprendizaje por inmersión total: los libros, los amigos, la comida, el clima, la vida cotidiana. Revisar las camas por alacranes antes de dormir, evitar beber agua del grifo, sentir el ritmo de un país distinto. “Amo México, de verdad. Esa experiencia me marcó muchísimo”, cuenta. Reconoce que vivió algo equivalente: crecer perteneciendo a dos culturas al mismo tiempo.

Esa doble identidad también la acompañó de regreso a Estados Unidos. En Charlotte le hablaban en español en el supermercado; otros le preguntaban constantemente “¿pero de dónde eres realmente?”. En México, en cambio, se mimetizaba con el entorno y quienes llamaban la atención eran sus hermanos rubios. Entre un país y otro, Megan aprendió a habitar ese espacio intermedio donde la pertenencia no se impone: se construye.

Desde niña, el arte fue su refugio. Sus primeros recuerdos son dibujos en kindergarten: un perro, luego un gato, después paisajes, plantas y animales que encontraba en los mercados de México. Dibujar le servía para entender lo que veía y también lo que sentía. Aún ahora, en cada viaje lleva un cuaderno donde registra edificios, comidas, rostros y sueños, literalmente sueños, que luego se vuelven piezas abstractas, brillantes, sin figura definida, nacidas de su imaginación nocturna.

Su trabajo transita entre varias técnicas: carbón, acrílico, acuarela, pintura digital, e incluso una serie de santos representados desde una mirada BIPOC. Le interesa experimentar, explorar materiales nuevos y dejar que cada etapa de su vida encuentre un lenguaje propio.

El camino hacia la justicia migratoria también la marcó profundamente. En high school tuvo una amiga indocumentada a quien le dijeron que no podía estudiar en la universidad. No entendía por qué. Más tarde supo lo que significaba vivir sin papeles, sin licencia de conducir, sin oportunidades que parecían obvias para cualquiera. Cuando vivió en California aprendió sobre César Chávez, Dolores Huerta y el movimiento de trabajadores agrícolas. Ese despertar político sería clave más adelante.

Ya en Charlotte, Megan comenzó a colaborar con la Latin American Coalition. Durante la Convención Nacional Demócrata conoció, junto a un grupo de jóvenes activistas, a artistas del movimiento Undocubus, entre ellos Julio Salgado. Ese encuentro la impulsó a preguntarse por qué Charlotte no tenía su propio colectivo de arte activista. Así nació Obra Collective.

Obra juega con un doble significado: la obra como creación artística y el acrónimo Observe, Bridge, Respond, Art Collective. La misión era clara: observar lo que ocurre en la comunidad latina, tender puentes educativos y responder a través del arte. Comenzaron ocho jóvenes; hoy suman más de treinta artistas de distintas edades, países y experiencias. No todos hacen arte activista, pero todos comparten valores fundamentales: la defensa de la comunidad inmigrante y la convicción de que el arte también es resistencia.

Como directora, Megan lidera desde la escucha. Las reuniones del colectivo son espacios donde se conversa de arte, pero también de ansiedad, de familia, de miedo, de oportunidades y de vida. “Siempre hay algo real que alguien necesita compartir”, dice. Prefiere que la voz pública de Obra la tengan los artistas, no ella. Los impulsa a hablar, a aplicar a becas, a participar en exposiciones, a contar sus historias. Y mantiene al grupo informado sobre recursos, talleres de “Know Your Rights”, cambios en políticas migratorias y cualquier cosa que pueda afectarles.

También celebran lo cotidiano: cómo se dice una palabra en Perú, en Venezuela, en México; qué comidas les recuerdan a casa; qué cosas las unen y cuáles las distinguen. Obra no es solo un colectivo de arte: es una comunidad.

Para Megan, aún hay historias urgentes por documentar: las de las personas mayores, las de las familias inmigrantes que nunca han contado sus recuerdos, las de comunidades indígenas que viven en Carolina del Norte y cuyas lenguas y relatos quedan fuera del radar. “Esas historias no pueden perderse”, insiste.

Hoy Megan prepara varias exposiciones para el próximo año: la muestra de San Valentín de Obra, un show de resistencia sobre el estado del mundo, su participación en Goodyear Arts y el proyecto que quiere retomar con otras madres-artistas: motivarse juntas para volver a crear. También sueña con una exhibición individual, quizá en 2026 o 2027, donde combinará piezas abstractas, dibujos nacidos de sueños y obra inspirada en recientes operativos migratorios que le han pesado en el corazón.

Entre dos países, dos lenguas y dos identidades, Megan ha encontrado un territorio propio: el arte como puente, como memoria, como resistencia y como hogar.

Ulises Cueto: color, ánimo y resistencia en la frontera El Paso–Juárez

Por Sorayda Diaz

Hablar con Ulises Cueto es descubrir que la frontera no es una línea, sino un ritmo. Una forma de vida. Una identidad que se respira sin darse cuenta hasta que se vive lejos de ella. Nacido en El Paso pero criado entre Juárez y Chihuahua, Ulises se reconoce mexicano desde el origen. Aunque haya estudiado en escuelas estadounidenses, su corazón, como su cultura, siempre cruzaron hacia el sur: familia, vacaciones, costumbres, comida, lenguaje. “Yo crecí mexicano,” dice con una seguridad que desarma cualquier etiqueta.

Y quizá por eso su historia no inicia con el típico relato migrante. Él no “cruzó” buscando pertenecer: nació perteneciendo a dos lados a la vez. Su experiencia fronteriza, ese ir y venir entre ciudades hermanas pero separadas por un puente, se convirtió con los años en su mayor motor artístico. Curiosamente, no lo descubrió hasta irse. Vivió tres años en San Antonio y casi una década en Austin, donde desarrolló su carrera como muralista. Solo entonces, al regresar a El Paso, entendió que su obra llevaba años pidiéndole volver a sus raíces.

“Antes yo era un artista mexicano en Austin. Ahora soy un artista fronterizo,” afirma. Ese matiz lo cambió todo: su paleta de colores, sus símbolos, su mensaje, incluso su lengua. En Texas escribía y diseñaba en inglés; hoy, casi todo lo que crea vibra en español.

Su mural más reciente en la calle El Paso, donde un lagarto monumental se eleva sobre la icónica X de Juárez, es un mapa emocional de dos ciudades que viven juntas aunque les duela la separación. Es homenaje, denuncia, memoria y esperanza en una sola pieza. Representa el puente Santa Fe, la interdependencia económica, la vida diaria marcada por agentes fronterizos y trámites desgastantes, pero también el orgullo, la fuerza y el movimiento constante que define a quienes habitan esa franja del mundo.

La X, creada por Sebastián, aparece como símbolo nahua de movimiento; el lagarto como referencia a la Plaza de los Lagartos, corazón de la historia urbana de El Paso. Juntos sostienen una narrativa poderosa: ninguna ciudad funciona sin la otra.

En la base del mural, Ulises incorporó diseños prehispánicos de los pueblos originarios de la región: Tigua, Comanche, Plaines y cerámica de Casas Grandes, recordándonos que antes del puente, antes del muro y antes de la frontera, existió un territorio indígena vivo que sigue presente en la gráfica del desierto. “El mural es el pasado, el presente y el futuro,” dice.

Su trabajo no es político en el sentido tradicional; prefiere hablar desde el color y la alegría. Todos sus murales esconden —a veces casi imperceptible— la palabra “Ánimo”. Es una filosofía personal y un mensaje universal. “Quiero que la gente se alegre,” cuenta. Su deseo es que el arte callejero eleve el ánimo del barrio, que la comunidad se vea en los colores brillantes y se encuentre en lo que pinta.

Su camino en el muralismo comenzó desde la infancia, dibujando caricaturas y personajes animados. En la preparatoria aprendió soldadura y empezó a hacer esculturas. Más tarde se definió entre las Bellas Artes, el diseño gráfico y el arte urbano. En San Antonio pintó su primer mural: un Cantinflas saliendo entre nubes de vapor colorido. Hoy, después de doce años trabajando en paredes de distintas ciudades, Ulises mantiene una práctica artística sólida que combina influencias prehispánicas, psicodelia, rótulos, stencil y una estética vibrante que ya es totalmente suya.

Aunque sus murales se han multiplicado, no deja de lado la comunidad. Contrata a estudiantes de arte para que aprendan el oficio desde adentro, porque él nunca tuvo esa oportunidad y quiere abrir caminos para quienes vienen atrás. También colabora con negocios locales —como la taquería cuyo carrito paletero intervino con stencil y rótulos hechos a mano— y mantiene una relación directa con comerciantes y vecinos. Tocar puertas, presentarse en persona, escuchar la historia del espacio: para él, esa es la esencia del muralismo real.

Sueña con llevar su estilo a Japón o Berlín, ciudades que imagina como escenarios ideales para un mural prehispánico-psicodélico que hable del desierto y la frontera en otro idioma. Mientras tanto, planea instalarse en el estado de Hidalgo, cerca de Ciudad de México, para seguir creciendo como artista. Le atrae la energía cultural, los museos, las organizaciones artísticas y la posibilidad de vivir una nueva etapa sin perder cercanía con la capital.

Ulises también trabaja en su próximo gran diseño: “Amigo X”, una pieza que combina el antiguo sol del logotipo clásico de El Paso con la X de Juárez y la iconografía del quinto sol mexica. Quiere un muro enorme, uno digno del peso simbólico de la imagen. Sabe que el muralismo es efímero, que todo puede desaparecer por tiempo, clima o política, pero no le preocupa demasiado: si su obra vive un año y alegra a la comunidad, eso ya es ganancia.

Al final, Ulises pinta para que el muro nos hable con una sola palabra que aparece escondida en cada una de sus piezas: ánimo. Porque en la frontera —como en el arte— moverse, resistir y crear también es un acto de esperanza.

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Charloteanos de Jacobo Strimling: un acto de pertenencia y reinvención

Por VozEs

Jacobo Strimling no empezó su historia creativa en Charlotte. Antes de llegar a la ciudad reina, su vida ocurría en la Ciudad de México. Allí transitó redacciones, plumas, deadlines y el vértigo de una ciudad que respira cultura.

Una de las experiencias más memorables de ese tiempo fue cubrir la premier de una película de Francis Ford Coppola en Nueva York para la revista Epoca, un momento que le confirmó que el arte y la comunicación serían siempre parte de su vida, sin importar el país donde terminara viviendo.

El destino, como suele hacerlo, lo llevó por otros caminos. Migró primero a Los Ángeles, intentando sobrevivir la turbulencia emocional y económica de la era post–11 de septiembre. El sueño americano se desdobló en un territorio incierto, y esa primera reinvención llegó más por necesidad que por elección. Dejó atrás la estabilidad que tenía en México, la seguridad de su oficio, la identidad profesional que había construido. Y, sin saberlo entonces, esa pérdida sería también la preparación para una vida de reinvenciones constantes.

Uno de sus primeros trabajos en Charlotte NC a donde llego para quedarse, fue en el diario La Noticia como diseñador, después trabajo en otros medios de la ciudad, basicamente en todos, recuerda. Entre historias y fotografías comenzó a notar algo que le quedó grabado: muchísimos inmigrantes latinos habían sido fundamentales para el crecimiento cultural y social de la ciudad, pero casi nunca aparecían en los relatos oficiales.

La presencia latina estaba por todas partes, en el arte, en la música, en los restaurantes, en los negocios, en la política local, aunque invisibilizada entre los relatos dominantes. Esa observación se convirtió en la semilla de un proyecto que, años después, renacería con fuerza: Charloteanos.

El proyecto nació con una idea sencilla pero poderosa: retratar, a través de ilustraciones y textos, a las personas cuya presencia, trabajo y resistencia habían transformado a Charlotte. Jacobo quería honrar a quienes él sabía, con absoluta certeza, que habían abierto caminos cuando la ciudad era mucho más pequeña y la comunidad latina casi no figuraba.

Comenzó a dibujar a quienes él mismo había visto crecer, emprender y aportar: pioneros culturales, artistas, maestros de danza, músicos, activistas, emprendedores. Personas que, como él, habían llegado con maletas llenas de sueños y habían encontrado una manera de reinventarse. “Son gente que sin ellos Charlotte no sería lo mismo”, dice. Y en cada retrato hay prueba de ello.

El proyecto había quedado guardado por un tiempo, dormido entre trabajos y responsabilidades. Hasta que la organizacion sin fines de lucro Raíces Latino Arts lo invitó a retomarlo y exponerlo. “Ese empujón me devolvió al proyecto”, cuenta. Charloteanos renace así como un reconocimiento a doce figuras clave, aunque él sabe que hay muchas más. La idea es que sea un inicio, no un cierre. Un archivo vivo de quienes construyen ciudad todos los días.

Charloteanos no busca ser un proyecto de orgullo nacional o un homenaje que solo tenga sentido durante el Mes de la Herencia Hispana. Para Jacobo, el objetivo es reivindicar algo más profundo: que somos parte del presente y del futuro de Charlotte. Que nos corresponde, con justicia, sentir que esta ciudad también es nuestra. Que la palabra “charloteanos” pueda incluirnos a todos, más allá del país de origen.

En las entrevistas que ha hecho para retratar a estas figuras, ha encontrado patrones comunes: orgullo, reinvención, resistencia, una enorme capacidad de adaptación, y una creatividad que siempre encuentra forma de manifestarse aun cuando la vida no lo pone fácil. Son historias que hablan de empezar de nuevo, pero también de sostener la identidad, de transformarla y de darle sentido en un lugar nuevo. “Yo creo que todos nos hemos reinventado un poco al llegar aquí”, dice. Él mismo lo reconoce: aunque Charlotte ya es su casa, también ha aprendido a vivir con esa sensación de estar siempre entre dos mundos, con cariño por México y con un sentido creciente de pertenencia a esta ciudad.

Su estilo visual, colorido, lleno de humor chilango y de guiños culturales, captura la esencia de cada persona sin caer en caricatura.

Jacobo confirma que sus retratos no son caricaturas: son interpretaciones peculiares, sensibles, hechas para despertar curiosidad. Su camiseta con la “CH” coronada recuerda al Chapulín Colorado y al Sagrado Corazón a la vez; dos símbolos que, juntos, cuentan una historia reconocible para quienes vivimos entre culturas.

Aunque la ilustración es su herramienta principal, Jacobo también se siente orgulloso de las historias que escribió durante sus años como periodista. Para él, narrar es tan importante como dibujar: ambas cosas cuentan quiénes somos como comunidad. “Es nuestra historia”, dice. “Y tenemos que contarla nosotros.”

Charloteanos es, al final, una confirmación de pertenencia y de reinvención. Una manera de decir que los inmigrantes no solo llegamos a esta ciudad: la transformamos, la enriquecimos, la hicimos más amplia, más colorida, más viva. Y que nuestras historias, gráficas, escritas, vividas, merecen ocupar un lugar en el relato mayor de Charlotte. Porque esta ciudad ya es también, profundamente, una ciudad nuestra.

Ve a conocer a todos los Charloteanos en exhibición en:

Charlotte Mecklenburg Library – South Boulevard
4429 South Blvd, Charlotte, NC 28209

Fotos Cortesia del artista y Raices Latino Arts

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La luz de lo cotidiano: la mirada de Marianna Olague

Por Sorayda Diaz

En los cuadros de Marianna Olague no pasan “grandes cosas”: nadie está en un escenario, o una alfombra roja. Hay una hermana cansada detrás de una caja registradora. Una madre cargando bolsas de comida a domicilio. Un primo sentado en el patio de la abuela. Ella misma cambiando una llanta.

Lo que sí es grande es la forma en que esos instantes respiran en sus lienzos. Con color. Con peso. Con dignidad.

Marianna nació y creció en El Paso, Texas, ese territorio donde la frontera no es una línea en el mapa sino una manera de existir. Su abuela era mexicana, su mamá nació en El Paso, su papá en California; su vida entera ha ocurrido del lado estadounidense, pero siempre con Juárez a la vuelta de la esquina. Sus estudiantes en UTEP, donde hoy enseña arte, cruzan todos los días desde Ciudad Juárez para tomar clases. Para los de afuera eso sorprende; para ella es simplemente lo normal.

Esa cercanía constante entre dos mundos, esa identidad partida pero fértil, atraviesa su obra de manera profunda:

“Mis retratos hablan de qué significa ser mexicano-americano hoy.
Y para eso miro a mi familia.”

La respuesta a esa pregunta no llega en discursos, sino en escenas: un padre formado en el trabajo físico, una madre repartiendo pedidos para sostener el hogar, una hermana adolescente que durante la pandemia dejó la escuela para trabajar más horas como cajera. Son imágenes sin glamour, pero llenas de verdad.

Su primer estudio fue un sótano. De niña, su papá, pintor y maestro, improvisó allí un taller en el edificio donde vivían. La bajaba con él, le daba pinturas y le decía: “haz algo, yo tengo que trabajar”. Entre pinceles, óleos, cajas de madera y ese olor característico de los espacios donde se crea, Marianna descubrió que el arte no era un lujo: era cotidiano. Era hogar.

Uno de sus recuerdos más antiguos es un molde de cerámica con una carita feliz, el ícono pop que su papá utilizaba como logo. Él hizo tres: uno para cada hija. Las pinturas infantiles siguen colgadas en su casa. Ella dice que la suya es “la peor”; él insiste en que es la mejor. Ahí, sin saberlo, nacía ya su fascinación por capturar lo que parece simple: un gesto, un color, la emoción escondida en lo ordinario.

Con los años, Marianna entendió que la identidad mexicano-americana no es un destino claro, sino una búsqueda constante. Sus padres, como muchos de su generación, temían que sus hijas sufrieran discriminación por hablar español, así que en casa solo se hablaba inglés. Querían protegerlas. Querían que fueran “más americanas”.

Ella reconoce esa intención, pero también la herida:

“Solo al crecer pude entender que querían evitar el prejuicio.
Pero lo mexicano estaba ahí, aunque ellos intentaran esconderlo.”

Marianna olague

Fue hasta que vivió lejos, en Michigan, que se dio cuenta de cuánto amaba su origen. El choque cultural la obligó a mirarse desde afuera y, con ello, a valorar sus propios códigos: cómo habla su familia, cómo posa para las fotos, cómo se visten, cómo se relacionan. La frontera no es para ella un muro ni una herida: es una estética, un ritmo, una forma de habitar el mundo.

Ese descubrimiento es evidente en piezas como Customer Service Representative, quizá una de sus obras más potentes. La retratada es su hermana Maya, de 18 años, trabajando en un supermercado durante la pandemia. Fue ahí, en un turno más, donde Marianna le tomó la foto que serviría de referencia.

Ella le pidió que no posara. Maya, agotada, simplemente existió frente a la cámara.En la mirada cansada, en la postura vencida, en la sombra dramática del maquillaje que insiste en seguir siendo ella misma, se condensa no solo su historia, sino la de miles de jóvenes latinoamericanos que crecieron antes de tiempo.

No es casual que Marianna pinte a la gente que ama. Necesita esa conexión profunda para poder retratar. Sus modelos son escasos: su familia, un amigo de toda la vida, su pareja. Dice que para pintar a alguien debe “adorarlo”, incluso si la relación es complicada.

Es en esos vínculos donde encuentra escenas que, de tan cotidianas, se vuelven universales:

La familia conversando.
El cuerpo sosteniendo cansancios.
Los pequeños rituales de sobrevivencia.
La luz del desierto tocando un gesto íntimo.

El color es uno de los elementos más distintivos en su obra. Aunque parte de fotografías, Marianna manipula digitalmente la paleta para contar una historia emocional. El desierto de El Paso exige ese tratamiento: no regala fácilmente saturación. Lo real es beige, gris, ocre. Ella lo exagera, lo empuja hacia lo vibrante para que el espectador se detenga, mire, sienta.

“Si lo pintara con los colores reales del desierto, quizá pasarías de largo.”

En su proceso hay un momento decisivo: cuando alguien entra en una etapa crucial de su vida —un embarazo, un nuevo trabajo, una pérdida, un renacer— ella siente el impulso de preservar ese instante.

Así ocurrió con su primo Sam en Todo se vuelve alma, uno de los retratos más significativos para ella. Pintado hace varios años, muestra a Sam sentado, ojos cerrados, en un gesto que parece plegaria o búsqueda. La vida de él ha sido dura; el cuadro lo sabe, sin explicarlo.

“Quería que se sintiera su lucha, incluso si no conoces toda su historia.”

Aunque hoy enseña arte a tiempo completo y la carga laboral le deja poco espacio para crear, Marianna está entrando en un periodo de transición: quiere explorar retratos más pequeños, más libres, más rápidos, donde el trazo respire y la pincelada se vea. Ya lo probó en un 12×12 que pintó en un solo día, casi a contrarreloj. Lo disfrutó enormemente. Siente que ahí puede haber un nuevo camino.

Como muchas artistas latinas, también ha enfrentado la etiqueta del “token”: la invitación desde galerías que parecen buscar llenar una cuota, más que comprender su obra. Rechazó una exposición en Nueva York por esa razón. Prefirió la honestidad a la visibilidad vacía.

Ese gesto, también, es un acto de color. De identidad. De dignidad.

El arte de Marianna Olague convierte lo cotidiano en épico no porque lo idealice, sino porque lo reconoce. Porque entiende que la vida está hecha de momentos que casi nunca se cuentan: el cansancio de un turno largo, una visita a casa del papá, un día cualquiera en el desierto.

En esos gestos encuentra un territorio donde la frontera deja de ser geografía y se vuelve algo más íntimo: memoria, pertenencia, amor.

Y en cada retrato hay una declaración silenciosa, pero rotunda:
Lo ordinario también merece ser visto.

Sigue a la artista en: @marianna.olague y www.mariannaolague.com