Pan que huele a casa: la tradición familiar de Caro Altamirano

Por VozEs

Cuando Caro llegó a Estados Unidos hace apenas tres años, cruzó no solo una frontera geográfica. Dejó atrás una vida completa, una profesión que conocía desde su formación y una rutina que sentía propia. Ella y su esposo, arquitectos ambos, llegaron a Charlotte, una ciudad que ofrecía nuevas oportunidades laborales y un entorno más seguro para sus hijos pequeños.

La ilusión era grande, aunque también estaba envuelta en esa ingenuidad compartida por muchos inmigrantes que imaginan el cambio como un simple traslado. Aquí, Caro descubrió que emigrar significa reconstruirse desde el inicio, desde la identidad y desde cada gesto cotidiano.

Fue entonces cuando algo tan sencillo y profundamente mexicano como el pan comenzó a adquirir un significado inesperado. Todo empezó por necesidad. Al convertirse en madre, Caro sintió la responsabilidad de alimentar a su hijo mayor de forma más consciente. Él se enamoró del pan desde la primera mordida y ese gusto la llevó a preparar galletas y pequeñas piezas en casa para ofrecerle algo sabroso y a la vez más sano. Cada vez que veía la masa levantar dentro del horno, un sentimiento de satisfacción la envolvía, sin que aún supiera que ese gesto íntimo pronto se convertiría en un camino.

La llegada a Estados Unidos hizo que el pan dejara de ser solo alimento para transformarse en una manera de preservar raíces. En el entorno escolar y cotidiano de sus hijos, Caro notó la ausencia de tradiciones mexicanas que en su país eran parte natural de la infancia. Pensó entonces que no podía dejar pasar un Día de Muertos sin pan de muerto en casa.

Recordó los aromas de su niñez, las visitas a la cocina de su abuela y ese momento en el que el olor a pan recién hecho anunciaba reunión familiar. Al ver a sus propios hijos acercarse a la cocina y decirle que la casa olía delicioso, entendió que ese puente emocional volvía a levantarse, aun lejos de México.

Sin proponérselo, el pan comenzó a abrir caminos también fuera de su hogar. Primero llamó la atención de una vecina, atraída por los aromas que se escapaban por la ventana. Ella fue la primera persona que probó el pan fuera de la familia y lo celebró con sorpresa. Luego llegaron las mexicanas de la comunidad, quienes reconocían en las conchas y las roscas un sabor que les recordaba a la casa de sus madres y abuelas. Para Caro, escuchar que alguien decía que su pan sabía a México se convirtió en una motivación enorme.

Con el tiempo, estudió fermentaciones ancestrales y descubrió la masa madre como una manera de regresar al pan auténtico. Aprendió que la paciencia transforma los granos y que el cuerpo recibe distinto un pan hecho con procesos lentos. Hoy prepara hogazas, conchas, roscas y panes dulces con masa madre y también enseña a otros a reconciliarse con el pan. Para ella, el problema no es el pan en sí, sino lo que la industria ha hecho con él. Explica que un pan hecho sin prisa puede ser nutritivo y mucho más amable para el cuerpo.

Caro amasa no solo con técnica, sino con intención. Evita hacerlo cuando está estresada porque siente que la masa refleja el estado de ánimo. En los momentos en que trabaja la masa con las manos, dice que se siente viva y conectada con sus sentidos. La panadería se convierte así en una forma de estar en el presente, casi como una meditación.

Aunque su profesión original parece distante, Caro reconoce que la arquitectura la acompaña en todo lo que hace. La planeación, el orden, la visualización del proceso completo. Todo aquello que aprendió durante su formación se refleja ahora en sus tandas de pan, en la organización de pedidos y en la manera en que prepara sus talleres. Cuando la demanda creció, ella y su esposo remodelaron la cocina con sus propias manos para ampliarla y convertirla en un espacio adecuado para hornear y enseñar. Su cocina es hoy un taller vivo donde se mezclan aromas, historias y comunidad.

Entre masa madre, hornos encendidos y talleres, Caro sueña con un espacio propio donde la experiencia del pan comience desde el aroma y continúe con un chocolate caliente y una pieza recién horneada. El nombre Xocolat inspirado en la raíz náhuatl de la palabra chocolate. Sería una cafetería-panadería donde el pan se disfrute como se disfruta en México, con calma y con nostalgia compartida.

Mientras ese proyecto toma forma, su pan ya recorre Charlotte. Ella recibe pedidos por Instagram, hornea los viernes, entrega los sábados y acompaña a quienes aprenden con ella a perderle el miedo a la fermentación. Cada pieza que prepara lleva más que una receta. Lleva la memoria de sus abuelas, las costumbres mexicanas que se niega a perder, la historia de su migración y el deseo profundo de que sus hijos crezcan sintiendo que sus raíces también viven en Estados Unidos.

La historia de Caro es también la historia de muchas mujeres que sostienen la cultura en sus manos. Lo extraordinario es que ella lo hace a través del pan. Y ese pan, cálido y aromatico, sigue recordándole a quienes lo prueban que las tradiciones no se abandonan al cruzar una frontera, sino que pueden renacer en cualquier horno del mundo.

Ordena tu pan en: https://www.instagram.com/xocolat.ab/

Hay una tristeza

Por Juan David Cruz Duarte

Hay una tristeza
Hay una tristeza que lo cubre todo.
Es como una fina capa de polvo que se posa
sobre todas las cosas. Es omnipresente.
La percibo, a veces, como una etérea telaraña.
Se adhiere a las ventanas, a las cortinas,
se enreda entre mis dedos,
se acumula sobre los muebles
de mi apartamento,
se posa sobre mis hombros cansados,
la arrastro por el suelo mientras camino.
El tiempo pasa
y yo no me puedo librar de ella.
Pero tal vez esa tristeza no está
en el mundo, tal vez está en mí,
y yo soy el que la proyecta
sobre todo lo que me rodea.
Pero al final no hay ninguna diferencia;
ambas cosas son equivalentes.
El dolor está afuera, y yo lo absorbo sin saberlo,
o está adentro, recorriendo mis venas azules,
y soy yo el que lo comparte
con el mundo.
Hay una tristeza que lo cubre todo,
se cuela por el resquicio de la puerta,
y me tortura, como la luz del sol
lastima al hombre que sufre una resaca sin tregua.
Hay una tristeza que llena mi cráneo
como un líquido espeso en una pecera.
Sale por mis ojos,
brota por las comisuras de mis labios.
Es mía, me pertenece,
y yo la comparto con ustedes.

En honor a Lincoln Fairweather

Por Kurma Murrain

Today I conquered my Everest

The Pacaya Volcano

Everest like life

Steep

Painful

Treacherous

Exhausting

Until you reach Heaven

And you are embraced by the light

… I felt his warmth

I needed to tell him about my day

This Paradise season

The adventure of a lifetime

So I did

In my mind

Blowing a kiss to the sky

“Ay, mija”

The clouds answered

“Hasta la próxima”

See you soon my beautiful friend

My dancer

My logical and stubborn guide

The one who protected me even from myself

He let my hand go

And off he went to prepare a place for me

The clouds drew his initials

Then dissipated

The clouds knew his name

His legacy

The path behind him

Decorated with bougainvilleas, hydrangeas

And tulips from his love

They faded out into butterflies

Around us

Thereafter we opened our eyes

Let our letters ride in the wind

And as an homage to his ephemeral existence

We held hands

And dance.

~Kurma Murrain

To Lincoln Fairweather (April 27, 1968 – October 27, 2025)

Dos poemas

Por Irlanda Ruiz-Aguirre

CONSIGNA DESTRUCTIVA

A tus papás se los van a llevar,
y tú sola te vas a quedar.
Huérfana serás,
a un foster home pasarás.
Allí no comerás,
y los piojos se te van a pegar.
Esa es la consigna de los que la molestan,
niños convencidos de que la detestan.

Y su sonrisa perdió,
su alegría se desvaneció.
Cada día era una eternidad,
lleno de odio y crueldad.
Cada palabra le arrancaba el alma,
con cada insulto se desangraba.
Y al acceder las redes percibió
que ser latina es un error.

Y sin tener fortaleza ni consuelo,
presa de las noches en desvelo,
con las rodillas en el suelo,
una decisión fatal tomó:
hacia la otra vida partió,
deja a su familia aturdida
y a una comunidad herida.

MUCHO QUE PERDER

Canceló la cita,
canceló el almuerzo,
cerró las ventanas
y se salió del Facebook.

Tiene miedo a la migra,
a la jefa y la vecina.
Ya no sale ni a la esquina
y le aterra pensar
en todo lo que puede pasar.

Su visa está expirada,
su mirada angustiada.
Le reza a todos los santos
y oculta su quebranto.

Sus hijos son pequeños,
y su marido está enfermo.
No tiene dinero ahorrado
y solo llegó hasta el sexto grado.

Camina encogida,
entre sombras y escondida.
Apenas dice hello,
y ya perdió toda ilusión.

Su corazón anda acongojado,
nunca encontró el sueño americano.
Y hoy se aferra a su fe,
a pesar de que tiene mucho que perder.

El arte de comunicar: la voz resiliente de Jhosie González

Por Sorayda Diaz

Para Jhosie González, comunicadora venezolana radicada en Charlotte, la historia de su voz empieza mucho antes de los micrófonos profesionales y los talleres de oratoria. Empieza con una niña de nueve años en su primera comunión, llamando al camarógrafo con señas para que la grabe a ella, presentando a sus amigas como si estuviera conduciendo un programa de televisión. Empieza también en fiestas familiares en Anaco, su ciudad natal, donde, entre tequeños y risas, era la hija y la sobrina encargada de dar la bienvenida a todos con un micrófono en mano.

“Cuando vi ese video de mi infancia hace unos años, pensé: claro, toda la vida he sido así”, recuerda. “Me di cuenta de que no era casualidad que hoy me dedique a esto. Dios ya me había mandado con esta misión desde niña”.

Jhosie de nueve años en su primera comunión, llamando al camarógrafo con señas para que la grabe a ella, presentando a sus amigas como si estuviera conduciendo un programa de televisión.

Su vida dio un giro definitivo cuando dejó Venezuela y llegó a Estados Unidos con 23 años. Allá ya era profesional, trabajaba en radio, televisión y eventos. Aquí, como tantas personas migrantes, tuvo que empezar de cero. La seguridad de su entorno, el idioma conocido y el reconocimiento profesional se quedaron al otro lado de la frontera.

“Salir de mi país fue lo que realmente me volvió resiliente”, cuenta. “En Venezuela estaba en mi zona segura. Aquí tuve que aprender un sistema nuevo, otro idioma y aceptar que, al principio, no iba a trabajar en mi profesión. Fui mesonera muchos años, después Uber Driver. Ese proceso te entrena para la vida”.

Esos trabajos que algunos mirarían por encima del hombro, ella los nombra como escuela: servir mesas le enseñó vocabulario, ritmos, trato con la gente; manejar para Uber la enfrentó a la ciudad, las leyes de tránsito, la policía, el manejo del miedo. Mientras tanto, guardaba en silencio una pregunta que la acompañaba día tras día: si algún día podría volver a ser la comunicadora que había sido en Venezuela.

En Charlotte, finalmente volvió a los medios. Trabajó en radio, televisión, presentó festivales, condujo eventos. Su voz ocupó escenarios frente a cientos de personas. Pero en medio de esa aparente realización profesional, apareció una incomodidad que no pudo seguir ignorando.

“Me di cuenta de que no estaba comunicando lo que realmente quería comunicar”, explica. “Repetía noticias, guiones, cosas que ya estaban en todos lados. Sentía que lo que decía ni me nutría a mí, ni le aportaba de verdad a la comunidad”.

Esa reflexión la llevó a una palabra que hoy repite con frecuencia: responsabilidad. Para ella, hablar en público no es simplemente articular bien o verse segura ante la cámara; es asumir que cada frase tiene impacto en quienes escuchan. “Lo que sale de mi boca importa. Cuando hablas ante una audiencia, estás insertando ideas en la mente de otras personas. Eso es un poder y una responsabilidad enorme”, dice.

De ese cuestionamiento nació una transición: poco a poco fue dejando el mundo del entretenimiento y orientando su voz hacia algo más alineado con su propósito. De ahí surge Comunica Academy, el proyecto donde ha logrado unir su experiencia profesional con su historia migrante y su deseo profundo de servir.

La idea apareció observando, una y otra vez, la misma escena: patrocinadores y emprendedores invitados a subir al escenario tenían dos o tres minutos para hablar y se paralizaban, divagaban o desaprovechaban la oportunidad. “Veía a empresarios y líderes comunitarios latinos con proyectos increíbles, pero que no sabían qué decir cuando les daban un micrófono. Y pensaba: aquí hay una necesidad enorme”, cuenta.

Comunica Academy nace precisamente para acompañar a profesionales, emprendedores y líderes comunitarios a sentirse más seguros y preparados al hablar en público o frente a una cámara. Más allá de “perder el miedo”, se trata de construir una nueva relación con la propia voz. Para ello, Jhosie ha desarrollado una metodología propia que resume con una palabra: META. Primero trabaja la mentalidad, el reconocer que la historia de cada persona tiene valor. Luego viene la técnica: dicción, pronunciación, lenguaje corporal, estructura del discurso. Solo entonces llega la acción: el momento de tomar el micrófono y hablar.

“De nada sirve enseñarte dicción si no crees que tu mensaje importa”, explica. “Primero hay que fortalecer la mente y el corazón, luego el músculo técnico, y después sí, lanzarte al escenario”.

La historia de Jhosie no se entiende sin la niña que era en Venezuela. En su familia numerosa —siete hermanos, muchos tíos, abuelos, primos— las reuniones eran multitudinarias. Entre 40 o 50 personas se reunían en un mismo espacio, y ella encontraba natural asumir el papel de presentadora: saludaba, bromeaba, nombraba a quien entraba, comentaba sobre la comida. Aunque en aquel momento nadie lo nombrara así, la escena ya contenía los elementos de lo que hoy es su trabajo: voz, presencia, ritmo, cercanía.

Sin embargo, comunicar desde la autenticidad implica también exponerse. Jhosie habla abiertamente de sus trabajos fuera de cámara, de los errores que ha cometido, de proyectos que no funcionaron, de momentos difíciles. Para ella, la vulnerabilidad no es una pose, sino una decisión. “En el mundo hay personas a las que les va a gustar lo que haces y otras a las que no. Ser vulnerable me ha permitido conectar con quienes sí puedo aportar algo, y aceptar que no soy para todo el mundo”, dice.

Esa honestidad trae desafíos: críticas, malentendidos, juicios. “He tenido que trabajar mucho mi amor propio y mi autoaceptación”, admite. “Entender que está bien ser quien soy, con mi historia, mis errores y mis aciertos. Y recordar que no estoy aquí por casualidad: mi historia tiene un propósito”.

Por eso, a la hora de elegir proyectos, se guía por algo más que la visibilidad o el dinero. Busca que lo que haga aporte valor real, respete sus valores y no la exprima hasta dejarla vacía. No le tiembla la voz para decir que no, incluso si eso genera incomodidad. “No puedo promocionar una marca o un evento que no refleje lo que quiero representar. Mi voz también es un límite”, afirma.

En una conversación sobre comunicación, tarde o temprano aparece el tema opuesto: el silencio. Puede parecer paradójico, pero para Jhosie el silencio también comunica. En escena, lo usa como recurso para llamar la atención del público, para marcar un punto clave, para crear un momento de pausa. Fuera del escenario, el silencio le sirve para deslindarse de conversaciones en las que no quiere participar: chismes, quejas constantes, discursos de odio. “A veces el silencio es la forma más clara de decir ‘yo aquí no quiero estar’. Es una herramienta para poner límites y cuidarme”, explica.

Venezolana de Anaco, Jhosie conserva con orgullo su acento; se ríe cuando dice que “se come las eses” y que a veces se le escapan expresiones colombianas, mexicanas o dominicanas, fruto de tantos años conviviendo con otras comunidades latinas. Esa mezcla, lejos de confundirla, la ha hecho más consciente de la diversidad dentro de la propia latinidad.

“Entendí que la forma de hacer las cosas en Venezuela no es la única. El mexicano tiene su manera, el dominicano la suya, el colombiano otra. Y todas son válidas. Esa expansión cultural es una riqueza enorme”, dice.

Cuando se le pregunta qué historias siente que la comunidad latina aún debe contar más, ella responde sin titubeos: las de gratitud. No para negar lo duro del camino migrante, sino para reconocer las oportunidades que han encontrado aquí. “En Estados Unidos también hay desafíos, pero el sistema permite organizarnos, planear, construir. En mi caso, me siento más segura, puedo ir al supermercado y encontrar lo que necesito, hay trabajo, hay posibilidades. Sin dejar de amar a Venezuela, también agradezco profundamente a este país por habernos abierto las puertas”, afirma.

Al final, todo en la vida de Jhosie González regresa a la misma idea: comunicar es servir. Hace años escuchó una frase que la marcó: “el que no vive para servir, no sirve para vivir”. Desde entonces, la repite como brújula. “¿De qué sirve un talento si no está al servicio del mundo?”, se pregunta.

Porque para Jhosie, el arte de comunicar no se trata solo de hablar bonito. Se trata de saber por qué hablas, para quién hablas y al servicio de qué hablas. Y en esa misión, su voz, forjada entre arepas, micrófonos, silencios, mesas servidas y kilómetros manejados, sigue encontrando nuevas formas de encender la de los demás.

Sigue a la comunicadora en sus redes sociales: @jhosiegonzalez

Una comunidad en pantalla: la historia detrás de «The Changebaker»

Por VozEs

El cortometraje The Changebaker, dirigido por Courtney Dixon, presenta la historia del colombiano Manolo Betancur como la representación de una experiencia colectiva: la de una comunidad inmigrante que trabaja, se organiza y se sostiene mutuamente en Charlotte.

Antes de llegar a Estados Unidos, Manolo creció en un pequeño pueblo de Colombia, en un contexto marcado por pobreza, conflicto armado y experiencias familiares difíciles, como el secuestro de sus padres. También recuerda una niñez dinámica, entre canchas de tierra, ríos y juegos improvisados.

El reconocimiento que recibió en 2021 como “Héroe del Pan”, otorgado por una organización internacional de la industria panadera, fue el punto de partida para que Dixon conociera su historia. Tras leer un artículo sobre su labor comunitaria, entre ellos, entregar pasteles de cumpleaños a personas en situación de calle durante más de una década, la directora decidió explorar su vida para un proyecto documental. El rodaje se extendió por casi tres años e involucró entrevistas en profundidad, convivencias en la panadería y grabaciones con su familia y su equipo de trabajo.

Sobre el proceso, Dixon afirma:
“Para hablar de inmigración es fundamental mostrar a las personas reales detrás de estas historias. Quería equilibrar el contexto de su activismo con quién es él como individuo.”

Uno de los desafíos principales fue seleccionar los fragmentos que entrarían en un cortometraje. La directora explica que la edición implicó priorizar momentos que reflejaran tanto los retos como las contribuciones de Manolo desde su llegada a Estados Unidos. También destaca la disposición del protagonista para participar activamente en el proceso creativo:
“Estaba dispuesto a repetir escenas, a proponer visuales, a comprometerse con cada toma. Eso ayudó mucho a construir el lenguaje del filme.”

Para Manolo, el documental también implica una responsabilidad. Dadas las narrativas negativas que enfrenta la comunidad inmigrante, dice que actúa con cuidado porque siente que representa a un grupo más amplio. “Nos juzgan por lo que representamos, no por lo que somos”, afirma. Por eso es preciso para aclarar datos, como la historia de la panadería, reconociendo que él no es el fundador y que el crédito corresponde a la familia Martínez, fundadores de lo que inicialmente fue la panaderia «Las Delicias».

Para Manolo, el documental también implica una responsabilidad. Dadas las narrativas negativas que enfrenta la comunidad inmigrante, dice que actúa con cuidado porque siente que representa a un grupo más amplio. “Nos juzgan por lo que representamos, no por lo que somos”, afirma.

Por eso es preciso para aclarar datos, como la historia de la panadería, reconociendo que él no es el fundador y que el crédito corresponde a la familia Martínez, fundadores de lo que inicialmente fue la panaderia «Las Delicias». “Yo administro la panadería de los abuelos de mis hijos”, aclara. En la premier en Charlotte tiene previsto hacer una mención explícita al legado de la familia Martínez, como parte de un esfuerzo por cuidar el crédito y la memoria de quienes comenzaron el proyecto.

La presentación oficial del filme en Charlotte se llevará a cabo en enero en el histórico Carolina Theatre. El espacio, con casi cien años de historia y un pasado marcado por la segregación racial, será sede de la primera proyección de un documental sobre un inmigrante local. El evento incluirá presentaciones de Última Nota, el grupo de danza Alma de la Luna, la participación de Cine Casual en la producción y coordinación, así como la presencia del equipo de filmación, invitados especiales y parte del personal de la panadería. La producción evalúa la mejor manera de involucrar a los trabajadores del negocio manteniendo medidas de seguridad adecuadas.

Más allá del recorrido por festivales, donde ya ha recibido premios y reconocimientos, el documental abre la posibilidad de un largometraje que profundice en aspectos que quedaron fuera: su infancia en Colombia, episodios del conflicto, su proceso de deportación, la historia completa de la panadería, el proyecto “Pan al Campo” con campesinos y otros momentos significativos.

Manolo señala que, si pudiera hablarle al “Manolo niño”, le diría lo mismo que se recuerda a sí mismo cada día: que no espere a “dejar un legado” en el futuro, este se construye día a día, en pequeñas acciones, decisiones y gestos. Y que la vida es más grande de lo que uno imagina cuando se crece en un pueblo pequeño.

Para Dixon, ese mensaje personal también conecta con la intención central del filme:
“Su historia es la historia de muchos más. Espero que la comunidad lo apoye, porque esta película también trata sobre la gente que lo ha acompañado y que forma parte de esta ciudad.”

En pantalla aparece Manolo.
Detrás, lo que se aprecia es el retrato de una comunidad completa.

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