Bogotá: 2138

Camino por las calles de Bogotá. Una lluvia fría moja mi chaqueta de plástico transparente. Mis botas de cuerina impermeable pisan los charcos que reflejan las luces de neón como si fueran espejos de mercurio líquido vibrando al ritmo de los aero-deslizadores eléctricos. Un vendedor ambulante en una esquina está repartiendo disimuladamente tarjetas de burdeles de androides: “fembots”, dice en voz baja: “grandes, pequeñas, jóvenes, viejas, morenas, pelirrojas. ¿Qué se le ofrece?” Yo le compro un cigarrillo de marca Nativo Americano. Dicen que estos nuevos cigarrillos de nicotina sintética no son adictivos. Si eso es cierto, ¿por qué siento ganas de fumar cada vez que empieza a llover?

Art Carrillo: una oración a su comunidad

Muchas de las personas que pinta salen precisamente de esa comunidad. Carrillo se acerca, se presenta y les pide permiso para fotografiarlas. Después, cuando les enseña ejemplos de lo que hace, algunas vuelven a estrecharle la mano. Es un gesto pequeño, pero él lo recuerda porque percibe en esa segunda reacción una especie de orgullo.

Teddy Espinales: también tenemos derecho al arte

Teddy Espinales tenía siete años cuando llegó a Nueva York en 1987. Sus padres habían emigrado antes que él, primero su madre, cuando todavía no cumplía un año, y después su padre. Cuando finalmente pudieron llevarlo con ellos, Teddy llegó a una ciudad que en aquellos años tenía una enorme galería desplegada frente a sus ojos: las calles.

Caro Yáñez y el arte de aparecer donde menos se espera

Caro Yáñez tendría cinco o seis años cuando su papá encontró uno de sus dibujos. Él era psicólogo y participaba en una revista que preparaba una edición sobre los efectos de las pantallas en los niños; ella había dibujado a una persona que parecía sorprendida, casi “electrocutada”, como la recuerda ahora.